Lara, Ana - Ángeles de llama y hielo

Ana Lara (1959)

Ángeles de llama y hielo

Ángel de tinieblas
Ángel del alba
Ángel de luz
Ángel del ocaso

Entre septiembre de 1993 y agosto de 1994 Ana Lara ocupó una posición de singular importancia en el ámbito de nuestra música de concierto: fue compositora residente de la Orquesta Sinfónica Nacional. Digo que esto es de singular importancia por dos razones: porque el hecho de que las orquestas tengan un compositor residente me parece una idea estupenda, y porque esto ha ocurrido con escasa frecuencia en nuestro país. En términos simples, las labores de Ana Lara como compositora residente de la OSN incluían la asistencia frecuente a los ensayos de la orquesta, con el objeto de estar en contacto cotidiano con el director titular, los directores huéspedes, los solistas y los músicos de la propia orquesta. Usted se preguntará, lector, ¿de qué sirve todo eso? La respuesta es fácil y contundente: de mucho. Con esa clase de contacto cercano y casi cotidiano con una orquesta, una compositora tiene la oportunidad ver y oír muchas cosas que pueden serle inmediatamente útiles en su trabajo creativo, y discutirlas directamente con los músicos. Y por si ello fuera poco, parte importante de las obligaciones de una compositora residente consisten en componer, valga la aparente redundancia. Es así como nacen estos Ángeles de llama y hielo, como trabajo final del período de Ana Lara como compositora residente de la Orquesta Sinfónica Nacional.

La idea de escribir esta obra surge en Ana Lara al recibir y leer cuatro poemas del poeta mexicano contemporáneo Francisco Serrano. De la lectura de los textos de Serrano surgen algunas ideas generales y otras más específicas que, poco a poco, se van convirtiendo en música pura, una música que no requiere de los textos mismos para su disfrute o comprensión. De una larga conversación con Ana Lara extraigo algunas ideas importantes expresadas por la compositora sobre sus Ángeles de llama y hielo:

Estos poemas de Francisco Serrano hablan de cuatro ángeles, de cuatro puntos cardinales, de cuatro estados de ánimo, de cuatro momentos del día, y esto me dio la posibilidad de abordar la orquesta de cuatro formas diferentes. Yo no tenía intención de componer canciones sobre los poemas, así que los tomé como base para una obra orquestal en cuatro partes que aluden al espíritu de cada poema y, en cierta manera, a la forma de los poemas: la forma soneto, por decirlo así. Procuré estar muy cerca de los textos durante el proceso de composición y tuve varias conversaciones con el poeta, en las que discutimos nuestras respectivas interpretaciones de sus poemas. De ahí surgió una obra en algunas de cuyas partes hay una relación muy cercana entre el original literario y mi versión musical.

A lo largo de esta conversación, Ana Lara menciona también su intención de trabajar con elementos musicales mínimos y de utilizar para estos cuatro ángeles poéticos cuatro intervalos de quinta que, sin meternos en demasiadas precisiones técnicas, generan una escala de cinco notas (que no es una escala estrictamente pentáfona) que funciona como materia prima para el discurso de la pieza. A partir de una orquesta de dimensiones mahlerianas, la compositora trabaja con el timbre como elemento fundamental para generar el cambio y el avance en su partitura. Es precisamente a través de las variaciones en el timbre orquestal que la compositora realiza el trayecto de los Ángeles de llama y hielo, un trayecto que inicia en la oscuridad de las tinieblas con el registro profundo de la orquesta, se aclara en el alba, se ilumina con la luz y de nuevo se oscurece hacia el ocaso. Esto plantea claramente una resolución cíclica de la obra, que concluye tal y como empieza. Además, cada una de las cuatro partes de la obra está regida por una sección orquestal: metales para el Ángel de tinieblas, cuerdas para el Ángel del alba, maderas para el Ángel de luz y percusiones para el Ángel del ocaso. De nuevo, la voz de la compositora:

Me interesó mucho en esta obra trabajar con los armónicos, que es un recurso que me ha llamado la atención desde hace tiempo. Los armónicos que se generan al interior de la orquesta producen en esta obra efectos sonoros inesperados, sonidos inexistentes surgidos de la interferencia de ondas, los choques armónicos y las resonancias, voces virtuales que surgen donde sólo hay instrumentos.

Como compositora residente de la OSN, Ana Lara tuvo a su disposición a la orquesta durante un ensayo en el que se hizo una lectura del primero de sus cuatro ángeles, seis meses antes del estreno, de la cual se derivó una experiencia directa que influyó en la buena marcha del resto de la obra. Los Ángeles de llama y hielo de Ana Lara volaron en público por primera vez el 2 de septiembre de 1994 en el Teatro de Bellas Artes, y su vuelo fue acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Enrique Diemecke, a quien está dedicada la partitura.