Ibarra, Federico - Sinfonía No. 1

Federico Ibarra Groth (1946)

Sinfonía No. 1

El paso del tiempo ha demostrado, más allá de toda duda, que Federico Ibarra es uno de los compositores mexicanos con personalidad más fuerte y definida. Una de las vertientes más diáfanas de esta sólida identidad se traduce en el hecho de que sus obras son inconfundiblemente suyas, valga la aparente redundancia, debido al rigor con el que el compositor se apega a sus ideales estéticos cada vez que acerca la pluma al pentagrama. Y si bien hay quienes en nuestro medio musical se muestran escépticos, mencionando como un defecto el hecho de que cada partitura de Ibarra posea un sello característico, lo cierto es que ello apunta a un creador en plena madurez, que ya ha trascendido la etapa de búsqueda y ahora se dedica a ampliar y perfeccionar aquello que ya encontró. Esta personalidad musical tan claramente delineada viene a ser, en cierto modo, la depuración y la decantación de las múltiples ideas estéticas e intelectuales que Ibarra ha absorbido a lo largo de su carrera. En una entrevista publicada hacia 1982, Ibarra mencionaba las más importantes entre esas influencias múltiples, cuya enumeración resulta ciertamente interesante. Así, en la mencionada entrevista, el compositor se refería al cine de Antonioni y de Fellini, y a su primer encuentro con la literatura de José Agustín, Sartre y Kafka. Vienen después sendas menciones a Remedios Varo y Carlos Pellicer, y la infaltable liga con el surrealismo a través de Magritte, Ernst, De Chirico, Dalí, Miró, Leonora Carrington, y de ahí hacia Beardsley, Munch, Redon, Blake y Moreau. Otros nombres que desfilan por ahí son los de Joyce, Proust, Ducasse, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Rulfo, Fuentes, Verlaine, Baudelaire, Villaurrutia, Novo, Pacheco y Aridjis, así como el de su asiduo colaborador, el dramaturgo José Ramón Enríquez. Y como es de esperarse, en la enumeración de sus puntos de referencia Ibarra incluye los nombres de algunos compositores, entre los que destacan Chaikovski, Schoenberg, Scriabin, Bartók y Messiaen. Una revisión de esta colección de grandes creadores permite apreciar la amplitud de los intereses fílmicos, poéticos, literarios y plásticos de Federico Ibarra, intereses que se manifiestan en muchas vertientes que van más allá de su conocida pasión por el surrealismo. Todo esto no debe hacernos pensar, sin embargo, que la música de Ibarra es un aglomerado de ideas de los personajes arriba citados. Por el contrario, Ibarra es capaz de asimilar todo aquello que le interesa y le apasiona y, a partir de ello, producir música que es enteramente suya. Entre los muchos ejemplos de ello está su Sinfonía No. 1, en la que no hallamos ninguna huella de Mozart a pesar del pretexto mozartiano que le dio origen.

Así pues, consultado respecto a su Sinfonía No. 1, Federico Ibarra comenta lo siguiente por medio de la impersonal pero efectiva vía telefónica:

Esta obra surge de un encargo que me fue hecho por Enrique Diemecke, director de la Orquesta Sinfónica Nacional, como parte de la conmemoración, en 1991, del segundo centenario de la muerte de Mozart. Originalmente se planeó el estreno de mi Sinfonía No. 1 en un concierto en el que se tocarían sólo obras de Mozart y esta obra, pero finalmente no fue así. De cualquier modo, uno de los requisitos de este encargo contemplaba que la instrumentación de la obra no rebasara los confines de una orquesta de dimensiones mozartianas, de modo que la escribí para una dotación orquestal reducida, típica del siglo XVIII. Al componer la obra yo estaba muy consciente de que su estreno se realizaría en el marco de esa conmemoración de Mozart, y en algún momento contemplé la idea de incluir en ella algunas citas de temas mozartianos, cosa que finalmente no hice. En vez de ello, puse a la partitura un epígrafe de Paul Verlaine que de alguna manera se refiere a Mozart. El epígrafe es: ‘A una tumba sin nombre.’ Por otra parte, además de la instrumentación reducida yo tenía un límite de duración para la obra, de alrededor de diez minutos, lo que me hizo pensar con todo cuidado qué era lo que yo podía realizar bajo esos parámetros. Llegué a la conclusión de que mi interés era en ese momento componer una sinfonía, de modo que comprimí la idea de una sinfonía y comprimí los materiales de la obra para ajustarla a los requisitos. Esto quiere decir que mi meta era lograr una obra en que los cuatro movimientos tradicionales de una sinfonía se vieran resumidos en un movimiento único y breve. Intenté conservar en esta obra no sólo el contenido de cuatro movimientos sino, sobre todo, el carácter dramático que entraña una sinfonía. Debo decir que en el plano formal, el esquema de cuatro movimientos sintetizados en uno solo no está seguido en un orden riguroso; en vez de ello, y tal como ocurre también en mi Sinfonía No. 2, el flujo de la obra está inspirado en una serie de procesos que siguieron compositores como Scriabin y Nielsen para comprimir la forma sinfónica tradicional en un movimiento único.*

A lo dicho por Ibarra sobre su Sinfonía No. 1 cabe añadir que la obra tuvo un estreno muy afortunado y que, cosa poco usual, un par de meses después se tocó en Venezuela. Desde entonces, sin embargo, esta sólida pieza sinfónica ha padecido esa dosis de olvido que parece corresponder fatalmente a toda la música nueva mexicana.

La Sinfonía No. 1 de Federico Ibarra, cuya partitura está dedicada a Enrique Diemecke, fue estrenada el 20 de septiembre de 1991 por el propio Diemecke al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, en un programa que incluyó también la Sinfonía Clásica de Prokofiev y dos obras del celebrado Mozart: su Segundo concierto para flauta y su Sinfonía Júpiter.