Mahler, Gustav - Sinfonía no. 5 en do sostenido menor

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía no. 5 en do sostenido menor

Marcha fúnebre
Tormentoso
Scherzo
Adagietto
Rondó

Una sobrecogedora llamada de trompeta que desemboca en una enorme, prolija marcha fúnebre al interior de la cual hay momentos apocalípticos alternados con pinceladas sarcásticas y episodios apasionadamente líricos. Tal es el inicio de la Quinta sinfonía de Gustav Mahler, con la que el compositor volvió al ámbito de la sinfonía puramente instrumental. Si en las sinfonías segunda, tercera y cuarta Mahler había convocado a la voz humana como vehículo de expresión de sus preocupaciones poéticas y filosóficas, en las tres siguientes habría de confiar su mensaje musical y personal enteramente a los instrumentos de la orquesta. En este caso, se trata de una gran orquesta, que por momentos es sabiamente tratada como un conjunto intercomunicado de grupos de cámara: he aquí una de las cualidades más notables del pensamiento sinfónico de Mahler. Además de inaugurar la trilogía central de sinfonías puramente instrumentales, la Quinta sinfonía de Mahler abre también un grupo de sinfonías que han sido llamadas realistas por el hecho de que no tienen asociaciones místicas, religiosas o fantásticas. Así, esta poderosa Quinta sinfonía nos muestra con gran claridad algunos de los elementos fundamentales del pensamiento sinfónico de Mahler, así como la desconcertante y fascinante dicotomía de su espíritu: aquí está lo más alegre, lo más trágico y lo más apasionado de su música, en una conjunción sinfónica de amplitud y alcance magistrales. Si bien la sinfonía está dividida en cinco movimientos claramente diferenciados, el compositor propuso una división más orgánica de la obra. Se trata de la división de la sinfonía en tres secciones; la primera comprende los dos primeros movimientos; la segunda, el enorme Scherzo; y la tercera, los dos movimientos finales. Al tomar como punto de partida cualquiera de estas dos divisiones de la obra, es relativamente fácil seguir la huella de los enormes contrastes planteados por Mahler en esta sinfonía. Después de la abigarrada marcha fúnebre con que se inicia la obra, Mahler propone un extrovertido, frenético movimiento tormentoso. De inmediato, un gran Scherzo, típicamente, mahleriano, derivado del rústico Ländler austríaco, en el que hay un gran solo para el primer corno. Después de toda esta energía sonora desencadenada, Mahler nos ofrece lo que parece un amplio y conmovedor respiro, pero que en realidad es pasión intensa, de otro color: el expresivo y conmovedor Adagietto para cuerdas y arpa que se hizo tan famoso como fondo musical de la película Muerte en Venecia (1971). A este respecto se hace necesario decir que no es una simple casualidad que el director de la cinta, Luchino Visconti, haya elegido la música de Mahler para acompañar sus románticas imágenes de Venecia. Después de todo, el personaje de Gustav von Aschenbach que interpreta Dirk Bogarde en el filme es una buena aproximación ficticia a la figura, el pensamiento y las preocupaciones de Gustav Mahler. Después de este intenso, ardiente Adagietto, surge de inmediato el Rondó final, brillante, extrovertido, lleno de explosiones sonoras que parecen contradecir la música anterior. Así, Mahler cierra el ciclo expresivo de la Quinta sinfonía de una manera explícitamente dialéctica, por la unión musical de los contrarios.

Mahler compuso la Quinta sinfonía entre 1901 y 1902, y el estreno de la obra fue realizado en Colonia el 18 de octubre de 1904, bajo la dirección del compositor. Por aquel entonces, el joven Bruno Walter, quien al paso del tiempo sería un gran director de orquesta y un incansable promotor de la música de Mahler, ya estaba pendiente del gran compositor austríaco. En su espléndido libro sobre la vida y la obra de Mahler, Bruno Walter apuntó lo siguiente respecto a la pieza que hoy nos ocupa:

El estreno de su Quinta sinfonía en Colonia destaca en mi memoria por una razón especial: fue la primera, y creo que la única ocasión en que una ejecución de una obra de Mahler bajo su propia batuta me dejó insatisfecho. La orquestación no consiguió expresar con claridad el complicado tejido contrapuntístico de las voces. El mismo Mahler me lo dijo después, afirmando con tristeza que ya nunca sería capaz de dominar el tratamiento orquestal. De hecho, más tarde Mahler hizo una revisión de la orquestación de la Quinta, una revisión más drástica que la de cualquiera de sus otras obras. Si mal no recuerdo, la acogida a su sinfonía fue muy entusiasta, como muestra de que la reputación del compositor estaba creciendo rápidamente.

Más adelante en el mismo texto, Bruno Walter afirma que en la Quinta sinfonía Mahler estuvo a punto de ser rebasado por las complicaciones estructurales que él mismo se había planteado. Sin embargo, otro gran especialista en Mahler, el musicólogo inglés Deryck Cooke, afirma que es precisamente la maestría formal de Mahler la que impide que los elementos tan dispares de esta obra pierdan unidad y coherencia. Por otra parte, el mismo Cooke afirma en un texto sobre la obra que lo contradictorio de los elementos musicales de la Quinta sinfonía de Mahler está muy cerca de la esquizofrenia. Lejos de ser una afirmación peyorativa, este apunte de Cooke sirve para acercarnos un poco más a las profundidades del espíritu mahleriano. Después de todo, ¿qué sería de un creador tan profundamente romántico sin un poco de locura?