Strauss, Richard - Cuatro últimas canciones

Richard Strauss (1864-1949)

Cuatro últimas canciones

Primavera
Septiembre
Hora de dormir
En el crepúsculo

Hacia el final de la cuarta de las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, la soprano entona de modo especialmente dramático esta pregunta: “¿Es esto acaso la muerte?” De inmediato, la orquesta toca, como en nostálgico recuerdo, el tema de la transfiguración del poema sinfónico Muerte y transfiguración, compuesto por el propio Strauss en 1889, casi sesenta años antes. Viene entonces un extenso postludio sinfónico de gran belleza, uno de cuyos elementos principales es la reminiscencia de los trinos enlazados de dos flautas que representan a “dos alondras que se elevan cantando y cumplen sus sueños.” La obra concluye en un contexto armónico que comunica una profunda, desoladora y al mismo tiempo resignada tristeza. Este es, sin duda, uno de los momentos más hermosos y conmovedores de toda la producción musical de Strauss; al mismo tiempo, es como una despedida de la vida a través de un discurso musical que, como ningún otro, puede ser calificado como crepuscular.

Con plena justicia, Strauss es recordado como un gran creador de poemas sinfónicos, y como uno de los compositores de ópera más importantes de la primera mitad del siglo XX. En ambos géneros, Strauss creó obras que con el tiempo han pasado a formar parte indispensable de sus respectivos repertorios; algunas de ellas se han convertido en símbolos de la fase extrema del romanticismo, mientras que otras representan los primeros pasos del compositor en el mundo sonoro moderno. Y si bien los méritos de Strauss en lo que se refiere a óperas y poemas sinfónicos no están a discusión, bien vale la pena recordar que también realizó notables contribuciones en el campo del lied, la canción de concierto en el más puro estilo alemán. En este sentido, Strauss forma parte indispensable de un sexteto de compositores que, juntos, representan los máximos alcances en la historia del lied alemán; los otros son Schubert, Schumann, Brahms, Mahler y Wolff. El catálogo de canciones de Strauss se inicia en 1870, pero al decir de los conocedores, su verdadera madurez en este campo data de 1885, a partir de un ciclo de canciones sobre poemas de Gilm, que lleva el número de Opus 10. Además de su vena melódica natural, Strauss tuvo a lo largo de su vida otro impulso importante para la creación de canciones: la presencia y compañía de su esposa, la soprano Pauline de Ahna, para quien escribió numerosos lieder. Además de su riqueza musical intrínseca, las canciones de Strauss ofrecen, en general, textos poéticos de calidad; como hombre culto que era, el compositor supo buscar y encontrar la poesía de importantes escritores de lengua alemana, entre los que destacan Goethe, Chamisso, Lenau, Dehmel, Klopstock, Rückert, Heine, Panizza, Hölderlin, Brentano y Von Arnim. Por otro lado, sin embargo, existen también en su producción de lieder algunas obras en las que el texto poético, sin ser de alta calidad, sí es una útil plataforma verbal para sustentar el flujo melódico. El propio Strauss dejó bien claras sus ideas sobre la composición de canciones en el siguiente texto:

Las ideas musicales se han preparado en mí, Dios sabe por qué, y cuando el barril está lleno (por decirlo así) aparece una canción en un parpadeo tan pronto como me encuentro un poema que más o menos corresponda al tema de la canción imaginaria. Si no encuentro un poema que corresponda al tema que existe en mi mente subconsciente, entonces el impulso creativo debe ser orientado hacia ponerle música a otro poema que en mi opinión se preste para ser musicalizado. Este proceso, sin embargo, es lento, y debo recurrir al artificio.

Con su infalible sentido dramático, Strauss cerró su carrera como compositor con las Cuatro últimas canciones, una auténtica elegía a la vida, al amor y a la muerte. En el invierno de 1946-1947 el compositor escribió En el crepúsculo, la canción que hoy es la última de la serie, sobre un poema de Josef von Eichendorff. En el verano de 1948, Strauss concluyó la composición de las otras tres, sobre textos de Hermann Hesse, a las que originalmente tituló simplemente Tres cantos. Ya hacia el final de su vida, el compositor decidió formar un ciclo unitario con las cuatro, les cambió el orden original, y les puso el título definitivo. Sobre este hermoso ciclo de canciones, el crítico Michael Kennedy afirma lo siguiente:

Escritas gloriosamente para la voz de soprano, con cantilenas tan inteligentemente distribuidas como siempre, las armonías igualmente envolventes, las melodías ricamente sugestivas de los mejores días de la canción alemana, la orquestación tan rica como en Arabella pero tan discreta como en Capriccio, estas canciones tienen una solemne profundidad que las convierten en un adecuado y bien buscado fin a la carrera de un compositor que compensó con un asombroso conocimiento del corazón humano lo que le faltaba de espiritualidad.

Si bien es cierto que, como compositor y como persona, Strauss fue capaz de gestos rudos y momentos de escaso refinamiento, sin duda se redimió al final de su vida con la creación de las hermosas, conmovedoras Cuatro últimas canciones.