Mozart, Wolfgang Amadeus - Sinfonía No. 31 en re mayor, París, K. 297 (K. 300a)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Sinfonía No. 31 en re mayor, París, K. 297 (K. 300a)

Allegro assai
Andante
Allegro

Bendito sea Mozart: no sólo nos dejó una cantidad asombrosa de música bellísima, sino que además ocupó una parte sustancial de su tiempo en escribir cartas en las que, al comentar sus obras, nos permite asomarnos a su proceso creativo y al mundo musical de su tiempo. Por desgracia, debido a la amplitud de su catálogo, Mozart no tuvo tiempo de escribir sobre todas sus obras importantes, pero de aquellas a las que sí se refiere en sus cartas, tenemos datos fascinantes. La Sinfonía París es precisamente una de las obras de Mozart sobre las que existen más datos, gracias a la ligera y aventurera pluma del compositor.

En 1778, Mozart se hallaba en París, en medio de un viaje que habría de resultar ciertamente desafortunado. No sólo no prosperaron sus planes musicales, sino que en ese viaje murió su madre. Durante su estancia en la capital francesa, Mozart hizo numerosos esfuerzos por introducirse de lleno en el mundo musical parisino. Como compositor, lo mejor que podía hacer en este sentido era simplemente componer, y así lo hizo. En París, Mozart conoció a Joseph Le Gros, quien por entonces era director de una de las instituciones musicales más importantes de Francia, el famoso Concert Spirituel, que además era la principal competencia de una institución análoga, el Concert des Amateurs. Ambos grupos poseían buenas orquestas y se dedicaban a la promoción de conciertos de muy buen nivel. En el proceso de recabar información que le permitiera adentrarse en el panorama musical de París, Mozart se enteró de que el Concert Spirituel pagaba cinco luises de oro (una suma atractiva en aquel tiempo) por una nueva sinfonía, puso manos a la obra y creó su Sinfonía No. 31, a la que desde muy temprano se conoció como la Sinfonía París. Al inicio de junio de 1778 Mozart presentó su nueva sinfonía en una función privada, interpretándola él mismo en el teclado. El estreno de la versión orquestal ocurrió el 18 de ese mismo mes en el Concert Spirituel, y al respecto, Mozart escribió una larga carta a su padre, fechada el 3 de julio, en cuya parte medular encontramos datos fascinantes sobre la obra y sobre el quehacer musical de la época. Escribía Mozart:

Estuve muy nervioso en el ensayo, porque nunca en mi vida oí una ejecución peor. No te imaginas la manera torpe en la que repasaron la sinfonía. Con gusto la hubiera ensayado otra vez, pero había tantas cosas que ensayar que no quedó tiempo. Me tuve que ir a la cama en un estado de angustia, enojado y descontento. Al día siguiente había decidido no ir al concierto, pero en la noche, con el clima agradable decidí finalmente asistir, dispuesto a que si mi sinfonía era tan mal tocada como en el ensayo, iba a arrancarle el violín de las manos a Lahoussaye, el primer violín, y la iba a dirigir yo mismo. Rogué a Dios que todo saliera bien, porque todo es para su mayor honor y gloria.... y he aquí que comenzó la sinfonía. En mitad del primer allegro había un pasaje que yo sabía que les gustaría; todo el público se emocionó con él y hubo un gran aplauso. Pero como yo sabía cuando lo escribí qué clase de efecto tendría, lo repetí al final, y surgieron gritos de “¡Da capo, da capo!”. El andante también gustó, pero más el allegro final, porque habiendo observado que aquí todos los allegros iniciales y finales comienzan con todos los instrumentos tocando juntos y al unísono, yo comencé el mío con sólo las dos secciones de violines, piano, por los primeros ocho compases, seguidos de inmediato por un forte. El público, como yo lo esperaba, hizo “Shh” en el suave inicio, y en cuanto oyeron el forte siguiente comenzaron a aplaudir. Estaba tan feliz que en cuanto terminó la sinfonía me fui al Palais Royal, donde me comí un gran helado, dije un rosario como lo había prometido, y me fui a casa.

En esta fascinante carta de Mozart, en apenas unas cuantas líneas, tenemos una gran cantidad de información sobre el quehacer musical del siglo XVIII en París: los ensayos al vapor, los conciertos de larga duración, la costumbre de dirigir desde el primer violín, las constantes interrupciones del público en mitad de la música, los parámetros estilísticos de las sinfonías de aquel tiempo y la fama de los helados del Palais Royal. El hecho es que, si hemos de atenernos a la carta de Mozart, su Sinfonía París resultó un éxito en la capital francesa, éxito por demás bien merecido si se considera que la obra está ya claramente inscrita en el estilo sinfónico maduro del compositor. Respecto al contenido musical mismo de la Sinfonía París, es posible hacer tres observaciones importantes:

1.- Se trata de una sinfonía en tres movimientos y no en cuatro, lo cual podría hacer revivir la añeja polémica respecto a las sinfonías-obertura de aquel tiempo. 2.- La obra lleva dos números distintos en el catálogo de la música de Mozart compilado por Ludwig Ritter von Köchel, el número 297 y el número 300a. Ello se debe a que tiempo después del estreno, Mozart compuso un nuevo movimiento central para la obra, de modo que la versión de la sinfonía con el primer andante es la K. 297, y la versión con el segundo es la K. 300a. 3.- Esta es la primera de sus sinfonías en cuya orquestación Mozart incluyó a los clarinetes. Esto es interesante si recordamos que, al paso del tiempo, y gracias a su cercana amistad con el clarinetista Anton Stadler, el clarinete habría de ser un instrumento importantísimo en la última etapa creativa de Mozart.