Shostakovich, Dmitri - Sinfonía No. 10 en mi menor, Op. 93

Dmitri Shostakovich (1906-1975)

Sinfonía No. 10 en mi menor, Op. 93

Moderato
Allegro
Allegretto
Andante-Allegro

Imaginemos que una orquesta acaba de tocar el primer movimiento de una sinfonía. En la pausa, el público tose, carraspea, se mueve inquieto. El director seca su frente con un pañuelo y se dispone a iniciar el segundo movimiento. Los músicos de la orquesta dan vuelta a la página de sus partichelas y se quedan estupefactos. Los pentagramas del segundo movimiento no contienen notas, ni silencios, ni indicaciones dinámicas o de fraseo. En su lugar, los músicos encuentran algo inesperado y no saben qué hacer. En la partichela del fagot está dibujado un gran bigote negro, y en la del clarinete hay un par de ojos que, sin ser del todo orientales, parecen tártaros. Los contrabajos, en vez de sus tradicionales acompañamientos, tienen dibujado en sus partichelas un cuerpo tosco, cuadrado, como el de un campesino pasado de peso. Las violas, a su vez, tienen en sus papeles una cabeza burda y no muy bien definida, en la que destaca una nariz de buen tamaño. Los cornistas se asombran de que en lugar de notas musicales están mirando un par de manos pequeñas, nudosas y mal cuidadas. Sin saber qué hacer, los músicos miran al director, que no se da por aludido, y levantando su batuta se dispone a dar inicio al segundo movimiento de la sinfonía. Los músicos, disciplinados al fin y al cabo, se concentran en sus atriles y comienzan a tocar. Como es de esperarse, no es música lo que surge de sus instrumentos. En cambio, sobre el escenario y por encima de la orquesta comienza a materializarse el retrato de un hombre, poco a poco, rasgo tras rasgo. Ante el azorado público y para sorpresa de los músicos, surge como de la nada el retrato completo del señor Josef Vissarionovich Dzhugashvili, mejor conocido como Stalin. Al final del breve y categórico movimiento, cuando el retrato está completo, el director marca con vehemencia el último tiempo del último compás, y Stalin se esfuma para siempre cuando la orquesta queda en silencio... Sin duda habrá quien piense que esto sólo puede ocurrir al interior de una mente febril, o en una enloquecida nota de programa. Pero lo cierto es que en el segundo movimiento de su Décima sinfonía, Shostakovich pintó un retrato ácido, mordaz y brutal del enfermo dictador que durante tantos años lo hostigó, lo censuró y le hizo la vida imposible de mil maneras distintas.
Durante los últimos años de la vida de Stalin, Shostakovich pasó por un duro período de reclusión musical. Produjo algunas obras de contenido patriótico, sin mucha convicción, algunas partituras para el cine y algunas otras cosas sin mayor importancia. Pero al mismo tiempo compuso y guardó obras que más tarde habrían de salir a la luz y dar testimonio de los verdaderos poderes creativos del compositor. La coyuntura para salir de ese aparente silencio fue la muerte del odioso dictador, ocurrida en Moscú el 5 de marzo de 1953. ¡Qué broma tan cruel del destino que Stalin haya muerto el mismo día y en la misma ciudad que Sergei Prokofiev! Muerto el perro, se acabó la rabia, y Shostakovich pudo seguir componiendo según los dictados de su espíritu y no según los requerimientos oficialistas del Kremlin. Oigamos, pues, las palabras del compositor:

Yo no podía componer una apoteosis para Stalin, simplemente no podía. Yo ya sabía lo que me esperaba cuando compuse mi Novena sinfonía. Pero sí hice una descripción musical de Stalin en mi siguiente sinfonía, la décima. La escribí inmediatamente después de la muerte de Stalin, y nadie ha adivinado todavía de qué se trata la sinfonía. Se trata de Stalin y de su época. La segunda parte, el Scherzo, es un retrato musical de Stalin, más o menos. Claro, hay muchas otras cosas en la sinfonía, pero esto es la base.

Sería fácil pensar que la materia musical de esta Décima sinfonía de Shostakovich está concentrada en este retrato sonoro de Stalin, a expensas del resto de la obra. Lo cierto, sin embargo, es que esta sinfonía es quizá la más equilibrada de las quince que compuso Shostakovich. Además del brutal retrato de Stalin, la Décima sinfonía contiene otro elemento importante. Por esos años, el compositor comenzó a utilizar como materia sonora de sus composiciones un motivo de cuatro notas derivado de la transliteración alemana de su nombre, Dmitri Schostakowitsch. A partir de esto, el mencionado motivo con las iniciales del nombre y el apellido del compositor puede escribirse como DSCH, es decir, re-mi bemol-do-si, según la notación alemana. Este breve motivo ya había hecho su aparición en algunas obras anteriores de Shostakovich, como su Primer concierto para violín y su Quinto cuarteto de cuerdas. Pero es en la Décima sinfonía que este sello musical tan personal adquiere una mayor relevancia, debido al uso claramente simbólico que el compositor hace de él. En las últimas páginas del cuarto movimiento aparecen algunas ominosas reminiscencias del retrato musical de Stalin, pero son finalmente ahogadas, aplastadas, vencidas por el motivo DSCH que identifica al compositor, del mismo modo en que Richard Strauss vence a sus enemigos en su poema sinfónico Una vida de héroe. En 1953 se celebraron los 250 años de la fundación de Leningrado, ciudad natal del compositor, y el 17 de diciembre de ese año Evgeny Mravinski dirigió a la Filarmónica de Leningrado en el estreno de la Décima sinfonía de Shostakovich, quien con esta obra obtenía una triple victoria: celebraba a la ciudad que lo viera nacer, exorcizaba y enterraba al feo fantasma de Stalin, y reafirmaba con música su propio triunfo personal.