Saint-Saëns, Camille - Sinfonía No. 3 en do menor, Op. 78

Camille Saint-Saëns (1835-1921)

Sinfonía No. 3 en do menor, Op. 78

Adagio
Poco adagio
Allegro moderato
Maestoso

Aquí va una lista de diez compositores que, al parecer, tienen muy poco en común: Juan Sebastián Bach (1685-1750), Dietrich Buxtehude (ca. 1637-1707), Anton Bruckner (1824-1896), Miguel Bernal Jiménez (1910-1956), François Couperin (1668-1733), Gabriel Fauré (1845-1924), César Franck (1822-1890), Jeremiah Clarke (ca. 1674-1707), Max Reger (1873-1916) y Camille Saint-Saëns. Aunque a primera vista parezca difícil hallar un lazo de unión entre estos diez caballeros, la solución al enigma no es tan oscura; los diez son más o menos famosos, los diez están muertos, y los diez fueron además de compositores, competentes organistas. A ellos se podrían añadir unos cuantos nombres más, como los de Francisco Correa de Arauxo (1584-1654), Louis Vierne (1870-1937), Antonio de Cabezón (1510-1566), Juan Cabanilles (1644-1712) y Charles-Marie Widor (1844-1937), todos ellos compositores-organistas que dedicaron casi la totalidad de su producción a la música de órgano. La carrera de Saint-Saëns como organista se inició en 1848, cuando entró a la clase de órgano de François Benoist en el Conservatorio de París. Tres años después, en 1851, Saint-Saëns obtuvo el primer premio en órgano, una prueba más de su facilidad para la música. En 1853 fue nombrado organista de la iglesia de Saint Merry y en 1857, a la tierna edad de 22 años, obtuvo uno de los puestos musicales más codiciados de París: el puesto de organista titular de la famosa iglesia de La Madeleine. Por esos años, Saint-Saëns conoció a Franz Liszt (1811-1886), con quien cimentó una sólida amistad, y cuya música habría de influir claramente en su desarrollo como compositor. A Franz Liszt se deben estas breves y categóricas palabras, expresadas hacia el final de la década de los 1850s:

Camille Saint-Saëns es el mejor organista del mundo.

Esta no es una apreciación fácil de ignorar, considerando que provenía de quien era por ese entonces el mejor pianista del mundo. Entre paréntesis, vaya la especulación de que es posible que la influencia más directa de Liszt en Saint-Saëns sea aquella que se detecta en los poemas sinfónicos del compositor francés: La rueca de Onfalia, La juventud de Hércules, Danzamacabra. A pesar de su evidente éxito como organista, Saint-Saëns no compuso tanta música para órgano como pudiera suponerse. Una mirada a su catálogo de obras permite hallar apenas siete números de opus dedicados al órgano:\

  • Opus 7: Tres rapsodias sobre temas bretones
  • Opus 9:Bendición nupcial
  • Opus 99: Tres preludios y fugas
  • Opus 101: Fantasía
  • Opus 107: Marcha religiosa
  • Opus 150: Siete improvisaciones
  • Opus 157: Fantasía\

Y a pesar de que hoy se recuerda a Saint-Saëns más como pianista que como organista, no está de más recordar que hacia 1871 realizó su primera visita a Londres, donde obtuvo grandes éxitos con sus recitales de órgano en el Royal Albert Hall. En 1877 Saint-Saëns dejó atrás, casi por completo, su actividad como organista, al renunciar a su puesto en La Madeleine. Sin embargo, no se olvidó del órgano por completo; en 1886 compuso su Tercera sinfonía, en cuya orquestación incluyó una importante parte para el órgano. Antes de seguir adelante, vale la pena hacer una digresión y anotar que esta obra, una de las más populares del catálogo de Saint-Saëns es en realidad la quinta de sus sinfonías. En uno de esos gestos de autocrítica tan usuales en los compositores de antaño (y tan poco comunes en los compositores de hoy), Saint-Saëns descartó sus sinfonías segunda y tercera, escritas en 1852 y 1859, y las eliminó de su catálogo. La Tercera sinfonía le fue encargada a Saint-Saëns por la Sociedad Filarmónica de Londres, institución que fue también responsable de encargar la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven (1770-1827) y la Séptima sinfonía de Antonin Dvorák (1841-1904). El crítico Philip Hale, después de escuchar una interpretación de la obra de Saint-Saëns en Boston, escribió lo siguiente:
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La Tercera sinfonía de Saint-Saëns tiene las mejores y más características cualidades de la música francesa: construcción lógica, lucidez, franqueza y eufonía. El artesanado es magistral y no hay dudas en su desarrollo.

Es decir, una obra 100% satisfactoria para el propio Saint-Saëns, quien en más de una ocasión describió sus ideales musicales en palabras muy similares a las de Hale. Además de ser una obra importante en el catálogo de Saint-Saëns, esta sinfonía tiene el mérito de haber impulsado a otros compositores franceses (Vincent D’Indy, 1851-1931, Ernest Chausson, 1855-1899 y César Franck, de origen belga) a escribir sinfonías. Este hecho es interesante sobre todo en el contexto histórico del desarrollo de la forma sinfónica, que nunca ha sido provincia predilecta de los compositores franceses. Junto con la inclusión del órgano en la orquestación, otro detalle que llama la atención en la Tercera sinfonía de Saint-Saëns es la forma. Al respecto, el propio compositor anotó esto:

La sinfonía está dividida en partes, pero contiene prácticamente los cuatro movimientos de una sinfonía clásica. El primero, interrumpido en su desarrollo, sirve como introducción al* adagio,y el Scherzo (presto)* está conectado de la misma manera con el movimiento final.

La Tercera sinfonía de Camille Saint-Saëns fue estrenada en Londres el 19 de mayo de 1886 bajo la batuta del compositor. En ese mismo programa, Saint-Saëns fue el solista en la interpretación del Cuarto concierto para piano de Beethoven, bajo la dirección de Sir Arthur Sullivan. La partitura de la Tercera sinfonía fue dedicada por Saint-Saëns a su amigo y colega Franz Liszt, quien también compuso algunas cosas interesantes para el órgano.