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Solistas OFCM: Dobosiewicz

Director Titular

Un programa Brahms, su concierto para violín y la Serenata No 1, da inicio a nuestro ciclo de Solistas OFCM.

Programa: 

Sábado 26. 18:00 horas
Domingo 27, 12:30 horas

Scott Yoo, director
Erika Dobosiewicz, violín

JOHANNES BRAHMS - Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 77

Allegro non troppo
Adagio
Allegro giocoso, ma non troppo vivace

I N T E R M E D I O

JOHANNES BRAHMS - Serenata No. 1 en re mayor, Op. 11

Allegro molto
Scherzo: Allegro non troppo
Adagio non troppo
Menuetto
Scherzo: Allegro
Rondo

Notas al programa: 

por Juan Arturo Brennan

Johannes Brahms (1833-1897)

Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 77

Allegro non troppo
Adagio
Allegro giocoso, ma non troppo vivace

Quienes se toman la molestia de escribir textos sobre los conciertos para violín suelen caer, casi sin excepción, en la tentación de hacer una trilogía; es bien sabida la histórica fascinación del hombre con el número tres, y con toda clase de tríos, tercias y trinidades surgidas de él. En este caso, la trilogía sagrada comprende los conciertos para violín de Félix Mendelssohn (1809-1847), Ludwig van Beethoven (1770-18287), y Piotr Ilyich Chaikovski (1840-1893). Sin embargo, no faltan aquellos que, con razón, insisten en incluir el Concierto para violín de Brahms en ese primerísimo nivel de las obras maestras del género; adiós trilogía. Como ha ocurrido y sigue ocurriendo en numerosos casos de la historia de la música, este concierto nació, creció y tomó forma definitiva gracias a la presencia de un intérprete virtuoso cercano al compositor. En este caso, el virtuoso en cuestión fue Joseph Joachim (1831-1907), el violinista más notable y reconocido de su tiempo.

Nacido en Bratislava y muerto en Berlín, Joachim provenía de una familia de origen judío. Estudió en el Conservatorio de Leipzig, que por entonces tenía como director a Félix Mendelssohn. A la edad de 13 años Joachim hizo su primera visita a Inglaterra y desde entonces fue el violinista favorito del público británico. Al cumplir los 19 años se convirtió en violín concertino en Weimar bajo la conducción de Franz Liszt (1811-1886); gracias a su contacto con el gran pianista y compositor húngaro, Joachim se convirtió en un ardiente partidario de la Música del futuro que promovían Liszt y Richard Wagner (1813-1883). Más tarde, sin embargo, Joachim recuperó sus raíces y se reencontró con la escuela de pensamiento musical representada por Mendelssohn, Robert Schumann (1810-1856) y Brahms. Además, fue maestro de violín en Berlín, donde en 1869 fundó el muy famoso Cuarteto Joachim. La fama imperecedera de Joseph Joachim como violinista virtuoso ha hecho que la posteridad olvide sus composiciones, entre las que se encuentran tres conciertos para violín y cinco oberturas. Joseph Joachim tuvo como esposa a la notable contralto Amelia Weiss.

Así pues, este buen violinista no se apartó de su amigo Brahms mientras el compositor creaba su Concierto para violín, asesorándolo principalmente en los pasajes técnicamente complicados. La correspondencia entre Brahms y Joachim en esa época demuestra, por una parte, cierta humildad del compositor y por la otra, una confianza total en el alcance de sus poderes creativos. El Concierto para violín fue escrito por Brahms durante 1878 en su retiro en el pequeño pueblo de Pörtschach, a orillas del lago Wörth, donde también compuso su Segunda sinfonía, que data de la misma época que el concierto. Estas dos obras guardan algunos interesantes puntos de contacto que van más allá de la simple coincidencia de tonalidad, re mayor. En parte debido a la maestría de Brahms y en parte a la calidad de Joachim como intérprete, el concierto resultó un reto musical de primera magnitud, sobre todo debido a las limitaciones técnicas de los violinistas de aquella época. A este respecto, y con una explicable carencia de perspectiva histórica, el pianista y director de orquesta Hans von Bülow comentó en una ocasión que mientras Max Bruch (1838-1920) componía conciertos para el violín, Brahms componía conciertos contra el violín. Como en tantas otras ocasiones, el paso del tiempo le dio la razón al creador y no al crítico.

El mismo Brahms reconoció alguna vez que, en términos generales, el modelo de esta obra había sido el Concierto para violín de Beethoven, aunque también aceptó, con modestia:

Seguirle la huella a Beethoven trasciende mis fuerzas.

A este respecto no hay que olvidar que muchos admiradores de Brahms calificaron a su primera sinfonía como la Décima de Beethoven. Si la figura de Beethoven ronda benignamente a esta partitura de Brahms, hay quienes afirman que otra fuente importante de inspiración pudo ser uno de los conciertos para violín de Giovanni Battista Viotti (1755-1824). Originalmente, Brahms había concebido el concierto en cuatro movimientos pero finalmente le dio su forma actual descartando el scherzo y revisando radicalmente el adagio. Como es lógico suponer, en estas revisiones y adecuaciones está muy presente la mirada benévola y la mano experta de Joseph Joachim.

El Concierto para violín de Brahms fue estrenado el día de año nuevo de 1879 en Leipzig, con la famosa Orquesta de la Gewandhaus. El solista fue Joachim, y al frente de la orquesta estuvo el propio Brahms quien, según cuentan algunas crónicas de la época, dirigió su estreno vestido en unas fachas deplorables. En el programa de esa noche memorable figuraron también obras de Lachner, Mozart, Bach, Chopin y la Séptima sinfonía de Beethoven. Entre las críticas más peculiares que se han hecho a este sólido concierto destaca una, a cargo del compositor ruso Piotr Ilyich Chaikovski, quien escribió lo siguiente en una carta a su benefactora, Nadezhda von Meck:

Un admirable pedestal para una estatua, pero no hay estatua. Sólo hay un segundo pedestal sobre el primero.

Vaya esta cita como recordatorio de que Chaikovski detestaba visceralmente a Brahms y a su música, pero también como memoria de que algunos de los mejores pedestales sonoros de la historia de la música (con todo y sus respectivas estatuas) se deben precisamente a Johannes Brahms.

Johannes Brahms (1833-1897)

Serenata No. 1 en re mayor, Op. 11

Allegro molto
Scherzo: Allegro non troppo
Adagio non troppo
Menuetto
Scherzo: Allegro
Rondo

El año de 1856 marcó la muerte de Robert Schumann (nacido en 1810), colega y amigo muy cercano de Johannes Brahms, y marcó también la obtención por parte de Brahms de su primer puesto oficial. Ese año, entró al servicio del príncipe de Detmold y su esposa, la princesa Federica, que era una gran aficionada a la música. Los deberes de Brahms incluían el ser pianista oficial de la corte y maestro de piano de la princesa, además de dirigir el coro local. Estos trabajos debían ser realizados durante los últimos cuatro meses de cada año, y gracias al generoso sueldo que le pagaba el príncipe, Brahms podía vivir el resto del año sin pasar penurias. Este arreglo, además, le dejaba tiempo suficiente para componer.

Así, en el año de 1858, antes de que le llegara el momento de regresar a sus deberes en Detmold, Brahms se reunió en la ciudad de Göttingen con algunos amigos (incluyendo a Clara Schumann, viuda de su gran amigo) y organizó para ellos una audición privada de su obra más reciente: una serenata en tres movimientos, escrita para un noneto. Después de la audición, Clara Schumann opinó que la riqueza de ideas que había en la serenata ameritaba que Brahms la transcribiera para orquesta; la misma opinión fue expresada más tarde por el gran violinista Joseph Joachim, amigo cercano de Brahms. Así pues, siguiendo los consejos de sus amigos, Brahms re-escribió la obra para orquesta sinfónica y le añadió otros tres movimientos, dando origen así a lo que hoy conocemos como su Serenata No. 1. Conviene recordar, sin embargo, que antes de la versión sinfónica de la obra, Brahms escribió una versión intermedia para orquesta de cámara. Esta versión se estrenó en Hamburgo, ciudad natal de Brahms, el 28 de marzo de 1859, bajo la dirección de Joachim. Esta vez, a diferencia de lo que acostumbraban, los conciudadanos de Brahms reaccionaron bien ante su música y la Serenata fue cálidamente aplaudida. Poco después, el compositor realizó la versión final de la obra y ésta se estrenó en Hanover en un concierto por suscripción ordenado por el Rey Jorge, el 3 de marzo de 1860 y de nuevo bajo la dirección de Joseph Joachim. En el primer movimiento, Brahms rinde homenaje a Haydn a través de una hermosa melodía en el corno. El adagio, al que muchos conocedores califican como el punto culminante de la obra, es especialmente rico en pasajes para las maderas solas y sus diversas combinaciones. En los minuetos, Brahms volvió los ojos y los oídos hacia Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), dando a su música un toque del espíritu rococó del siglo XVIII, pero siempre con los pies bien puestos en el ideal romántico. De hecho, el crítico vienés Eduard Hanslick tuvo una reacción típicamente romántica ante este movimiento de la Serenata, y escribió lo siguiente en el Freie Presse:

El primer movimiento nos pareció la perla de toda la obra y es quizá el movimiento más bonito escrito por Brahms hasta la fecha. El color instrumental y la gracia de la melodía le dan la cualidad de la música nocturna, y está llena de luz de luna y el aroma de las lilas.

Si Hanslick, el más respetado y temido crítico de su tiempo, alcanzó a ver la luz de la luna y a oler el perfume de las lilas al escuchar la música de Brahms, es señal inequívoca de su admiración por las obras del compositor hamburgués, y al mismo tiempo, prueba irrefutable de que la subjetividad y la cursilería en la crítica musical no son un invento de nuestro tiempo ni mucho menos.