Se encuentra usted aquí

Yoo / Polonsky: Beethoven, Concierto para piano No. 1

Director Titular

Polonsky se reencuentra con Beethoven
de nuevo con la Filarmónica

Programa: 

Sábado 3, 18:00 horas
Domingo 4, 12:30 horas

Scott Yoo, director
Anna Polonsky, piano

LUDWIG VAN BEETHOVEN - Concierto para piano y orquesta No. 1 en do mayor, Op. 15

Allegro con brio
Largo
Rondo: Allegro scherzando

SERGEI RAJMANINOV - Sinfonía No. 2 en mi menor, Op. 27

Largo-Allegro moderato
Allegro molto
Adagio
Allegro vivace

I N T E R M E D I O

SERGEI RAJMANINOV - Sinfonía No. 2 en mi menor, Op. 27

Largo-Allegro moderato
Allegro molto
Adagio
Allegro vivace

Notas al programa: 

por Juan Arturo Brennan

Ludwig Van Beethoven (1770-1827)

Concierto para piano y orquesta No. 1 en do mayor, Op. 15

Allegro con brio
Largo
Rondó: Allegro scherzando

Además de lo mucho que se ha dicho y escrito sobre Ludwig van Beethoven como compositor, han llegado hasta nosotros muchos testimonios de contemporáneos suyos acerca de su peculiar perfil como pianista virtuoso. Esta faceta de la carrera de Beethoven fue de fundamental importancia, ya que su propia actividad como pianista dio origen a una parte significativa de su producción como compositor, en la que destacan cinco conciertos con orquesta, 32 sonatas para piano solo y un número significativo de obras de cámara con piano. Del mismo modo como Anton Bruckner (1824-1896) se hizo famoso como un gran improvisador al órgano, Beethoven tenía fama no solo como gran intérprete, sino también como un exuberante improvisador al piano. De sus talentos y excentricidades en la improvisación pianística existe un testimonio muy interesante, escrito por el compositor bohemio Jan Vaclav Tomaschek (1774-1850):

La sorprendente interpretación de Beethoven, tan extraordinaria por los desarrollos audaces de su improvisación, me conmovió de manera extraña. Me sentí tan hondamente humillado en lo más profundo de mi ser que no volví a tocar el piano en varios días. Volví a oír a Beethoven en su segundo concierto. En esta ocasión seguí su ejecución con un espíritu más calmado. Ciertamente admiraba su técnica fuerte y brillante, pero los saltos frecuentes y audaces de un motivo a otro no se me escaparon. Estos, por el contrario, suprimen la unidad orgánica y el desarrollo gradual de las ideas. La rareza y la desigualdad parecen ser para él un principio de la composición.

Ciertamente, lo que para Tomaschek parecía raro y desigual, para nosotros es una muestra de equilibrio clásico, sobre todo en las obras pianísticas que Beethoven compuso antes de asomarse a las fronteras del romanticismo. Entre estas obras está su Primer concierto para piano, escrito en 1798. Anteriormente, Beethoven había compuesto otro concierto para ese instrumento de transición que fue el fortepiano, y cuya parte orquestal está perdida. En el mes de diciembre de 1800 Beethoven escribió una carta a Franz Anton Hoffmeister (1754-1812), compositor austríaco que además fue un importante editor de música, habiéndose hecho cargo de la publicación de obras de Franz Joseph Haydn (1732-1809) y del propio Beethoven, entre otros. En esa carta, dirigida a Hoffmeister en Leipzig, el compositor le ofrecía algunas obras suyas para su publicación, entre ellas un concierto para piano y orquesta que, según el propio Beethoven, no era de lo mejor de su producción, porque el compositor se reservaba para sí mismo sus mejores obras. En la misma carta, Beethoven le informaba a Hoffmeister que tenía otro concierto para piano, que habría de ser publicado por el editor Mollo. De todo esto resultó que en 1801 Mollo publicó el que hoy conocemos como Primer concierto para piano de Beethoven, y Hoffmeister publicó otro concierto, el que hoy conocemos como segundo de la serie y que lleva como número de Opus 19. Lo cierto es que este Segundo concierto fue compuesto por Beethoven antes que el que conocemos como Primer concierto, y que la cronología invertida se debe al orden en que ambas partituras fueron editadas.

Una vez más, se impone la referencia a Tomaschek, quien en su autobiografía escribió que en el año de 1798 se había presentado en Praga ese gigante entre los pianistas que era Beethoven, y que en una audición en la Konviktsaal llena de un público emocionado, había tocado su Concierto para piano Op. 15. Como ocurre con otras obras tempranas de Beethoven, este concierto para piano tiene aún algo del espíritu mozartiano, aunque ya se prefiguran en él los rasgos típicamente beethovenianos que habrían de solidificarse a partir del tercero de sus conciertos para piano. Dice la historia que Beethoven compuso tres cadenzas distintas para el primer movimiento, lo cual reafirma el hecho de que este concierto pertenece todavía a una etapa en la que el compositor estaba experimentando con algunas variantes de su lenguaje pianístico. Finalmente, hay que señalar que los conciertos para piano de Beethoven fueron siempre un campo de entrenamiento muy propicio para el compositor. Escritos siempre para el uso del mismo Beethoven en sus presentaciones como pianista, cada uno de estos conciertos era interpretado por el compositor una y otra vez, hasta casi agotar sus posibilidades ante el público. Sólo entonces se decidía Beethoven a abordar la composición del siguiente concierto para piano. De ahí que, sobre todo en el caso de los tres últimos conciertos, sea evidente un progreso musical tan grande entre un concierto y otro. Esta es, sin duda, una de las muchas ventajas que Beethoven tuvo al ser un pianista notable y, ciertamente, adelantado a su tiempo, tal y como lo demuestra el breve texto de Tomaschek citado arriba.

SERGEI RAJMANINOV (1873-1943) - Sinfonía No. 2 en mi menor, Op. 27

Largo-Allegro moderato
Allegro molto
Adagio
Allegro vivace

Dondequiera que se habla de Sergei Rajmaninov se recuerda al pianista virtuoso, al instrumentista de enormes manos y gran inspiración, uno de los últimos ejemplares de esa estirpe típica del siglo XIX, el héroe de la sala de conciertos. Sin embargo, su lugar de privilegio entre los grandes pianistas de su tiempo no debe opacar el hecho de que Rajmaninov también abordó con cierta diligencia la composición de obras sinfónicas. Cuatro conciertos para piano y su famosa Rapsodia sobre un tema de Paganini, además de media docena de obras para coro y orquesta, conforman la producción de Rajmaninov en el ámbito de la música sinfónica como acompañamiento. Junto a toda esta música, sus obras puramente sinfónicas han pasado, con escasas excepciones, casi desapercibidas, por lo que bien vale la pena recordarlas aquí:

  • La roca, fantasía orquestal, Op. 7 – (1893)

  • Capricho bohemio, Op. 12 – (1894)

  • Sinfonía No. 1, Op. 13 – (1895)

  • Sinfonía No. 2, Op. 27 – (1907)

  • La isla de los muertos, poema sinfónico, Op. 29 – (1907)

  • Sinfonía No. 3, Op 44 – (1936)

  • Danzas sinfónicas, Op. 45 – (1940)

¿Cuál es la verdadera estatura de Rajmaninov el sinfonista? Un acercamiento a esta cuestión puede ser obtenido al hojear el volumen titulado La sinfonía -Desde Elgar hasta nuestros días, editado por Robert Simpson. Ahí donde algunos sinfonistas de importancia merecen largos y detallados capítulos, a Rajmaninov le tocan tres páginas y media, escritas precisamente por Simpson. Esto es lo que dice el musicólogo inglés sobre Rajmaninov el sinfonista:

Aunque Rajmaninov fue incluido en nuestro libro anterior sobre la sinfonía, el principio no resultó obvio que debiera tener un lugar en esta nueva publicación. A pesar de algunas cosas interesantes en su segunda y su tercera sinfonías, no se le podía considerar como una figura sobresaliente de la música sinfónica rusa. Su reputación estaba más que asegurada a través de su música para piano y sus canciones.

Más adelante en el mismo texto Simpson afirma que la figura de Rajmaninov fue reconsiderada para ser incluida en el libro mencionado a partir del redescubrimiento de su Primera sinfonía, que había permanecido perdida durante muchos años. ¿Por qué? Porque el mismo Rajmaninov había destruido la partitura después del desastroso estreno de la obra. Tuvieron que pasar muchos años, casi once, para que el compositor abordara de nuevo la creación de una sinfonía. Esto sucedió en el año de 1906, cuando Rajmaninov estaba recién establecido en la ciudad alemana de Dresde. El compositor había huido de Rusia, pero no del fracaso sino del éxito. Su fama como pianista lo había puesto en un sitio tan alto ante el público que carecía de la calma y la privacidad necesarias para componer. Fue por eso que, ya establecido en Dresde y sin la presión de sus muchos admiradores, pudo dedicarse de lleno a la composición. De su estancia en Dresde datan su Segunda sinfonía, su Sonata para piano en re menor, el poema sinfónico La isla de los muertos y su Tercer concierto para piano. La composición de la Segunda sinfonía fue iniciada en octubre de 1906, y el manuscrito estuvo terminado para el Año Nuevo de 1907. Durante el resto de ese año Rajmaninov se dedicó a orquestar la obra y la tuvo lista para el estreno, que se realizó en San Petersburgo el 26 de agosto de 1908 bajo la dirección del compositor. He aquí, de nuevo, la voz de Robert Simpson:

La Segunda sinfonía, aunque es difusa en varios aspectos, goza de cierto fuego interno y gran profundidad de sentimiento. Este fuego arde especialmente en el brillante y vigoroso scherzo, que es quizá la parte más satisfactoria de la obra. A pesar de sus debilidades, de su tendencia a tomar el romántico camino difícil para salir de un problema, esta sinfonía en mi menor tiene muchas buenas cualidades, la más importante de las cuales es su atmósfera misteriosa, muy familiar por su melancolía característica, que aquí es más intensa y potente.

Quizá lo más importante que pueda decirse respecto a la Segunda sinfonía de Rajmaninov es que con el éxito de esta obra el compositor dejó atrás las dudas y la inseguridad que le había causado el fracaso de la Primera sinfonía, y de ahí en adelante su producción marchó por rumbos mejores, más seguros y definidos. Finalmente, resulta interesante mencionar que algunos analistas (Irving Kolodin entre ellos) han encontrado que la Segunda sinfonía de Rajmaninov está relacionada muy de cerca, por su estilo y su contenido sonoro, con las obras tardías de Piotr Ilyich Chaikovski (1840-1893).