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Haydn - Beethoven - Mozart

Director Titular

La Filarmónica recorre tres
sinfonías del clasicismo.

Programa: 

Sábado, 18 de marzo, 6:00pm
Teatro de la Ciudad Esperanza Iris

Domingo, 19 de marzo, 12:30pm
Castillo de Chapultepec

SCOTT YOO, director

FRANZ JOSEPH HAYDN - Sinfonía no. 88 en sol mayor, Hob. I:88
LUDWIG VAN BEETHOVEN - Sinfonía no. 8 en fa mayor, Op. 93
WOLFGANG A. MOZART - Sinfonía no. 41 en do mayor, K. 551, Júpiter

Notas al programa: 

por Juan Arturo Brennan

JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía No. 88 en sol mayor, Hob. I:88

Adagio-Allegro
Largo
Menuetto: Allegretto
Finale: Allegro con spirito

En su curioso libro biográfico-ficticio sobre Franz Joseph Haydn, el auto P. Recio Agüero afirma que la fama del compositor austriaco no estuvo restringida a París, Londres y el mundo de habla alemana. Comenta Recio Agüero que también en España su música era conocida y admirada, al grado de que un poeta contemporáneo, Tomás de Iriarte, escribió una extensa loa dedicada a Haydn y a su música. He aquí unas cuantas líneas del poema de Iriarte:

Sólo a tu numen, Haydn prodigioso
Las musas concedieron esta gracia
De ser tan nuevo siempre, y tan copioso
Que la curiosidad nunca se sacia
De tus obras mil veces repetidas
Atesoran los hombres insensibles
Del canto a los hechizos apacibles
Que dejen de aplaudir las escogidas
Cláusula, la expresión y la nobleza
De tu modulación, o la extrañeza
De tus doctas y armónicas salidas.

En estas rebuscadas pero no por ello menos exactas rimas, Iriarte sólo reafirma algunas de las cualidades principales de Haydn: abundancia de obras, variedad al interior de esa abundancia, habilidad, formal, sutileza armónica, nobleza de expresión. Cualidades que si bien están presentes en todos los géneros abordados por Haydn, son especialmente perceptibles en la magnífica centena (y un poco más) de sinfonías que compuso.

La sinfonía marcada con el número 88 de su catálogo fue la primera escrita por Haydn (probablemente en 1787) después del grupo conocido colectivamente como Sinfonías París (82 a 87), compuestas para los famosos Concerts de la Loge Olympique de la capital francesa, por encargo del conde de Ogny. Algunos analistas afirman que, después del éxito obtenido con las Sinfonías París, Haydn quiso agradar y sorprender aún más al público francés con su siguiente sinfonía, en la que incluyó algunos elementos formales y expresivos interesantes. Por ejemplo, es notable el empleo de trompetas y timbales en una sinfonía cuya tonalidad, sol mayor, no se prestaba mucho para el trabajo de estos instrumentos. La sinfonía se inicia, como numerosas sinfonías de Haydn, con una solemne introducción lenta que precede al primer allegro, recurso formal que algunos musicólogos han interpretado como una herencia directa de la obertura de estilo francés. El segundo movimiento, por su parte, es una extensa serie de variaciones, y es aquí donde Haydn utiliza por primera vez las trompetas y los timbales en el movimiento lento de una de sus sinfonías. Se dice que Beethoven sentía una particular admiración por este movimiento de la sinfonía. El minueto que ocupa el tercer lugar en la Sinfonía No. 88 es un movimiento extrovertido y lúdico, y hay en su trío algunos elementos que, al decir de los estudiosos, influyeron directamente en el Quinteto K. 614 de Mozart, que es un hermoso homenaje musical a Haydn. El enérgico final de esta asombrosa obra está construido sobre uno de los patrones formales favoritos de Haydn, el rondó-sonata, y por momentos tiene el espíritu de un movimiento perpetuo.

Como dato anecdótico vale la pena mencionar que Haydn enfrentó algunos curiosos problemas con los derechos de edición de su Sinfonía No. 88, por culpa de la ambición y la falta de honestidad de Johann Tost, a quien había conocido como violinista de la orquesta de la corte de Esterháza, y quien aparentemente quiso apropiarse de los dineros que por derecho propio le correspondían a Haydn. Sea como fuere, esta sinfonía es una obra de singular belleza, que funciona como un puente ideal entre las Sinfonías París y el siguiente grupo sinfónico importante de Haydn, las Sinfonías Londres.

Así que si usted quiere, lector, escuchar una hermosa sinfonía clásica, escuche la Sinfonía No. 88 de Haydn. Si además quiere escuchar algo realmente extraño (pero finalmente divertido), puede buscar un álbum titulado Get Out of My Yard (‘Lárgate de mi patio’), en el que el guitarrista Paul Gilbert toca su propia versión del movimiento final de la sinfonía. En guitarra eléctrica, por cierto. Si no cree que vale la pena comprar el álbum, pero la curiosidad es mucha, búsquelo en YouTube; ahí está, como tanta otra música buena, regular y mala.

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

Sinfonía No. 8 en fa mayor, Op. 93

Allegro vivace e con brio
Allegretto scherzando
Tempo di menuetto
Allegro vivace

Entre las nueve sinfonías de Ludwig van Beethoven, quizá ninguna haya nacido en circunstancias más curiosas que la octava. De acuerdo con la teoría que dice que Beethoven alternaba enormes, poderosas sinfonías (primera, tercera, quinta, séptima, novena) con obras sinfónicas de menor dimensión y alcance (segunda, cuarta, sexta, octava), podría suponerse que su Octava sinfonía es una obra menor, y sin embargo no es así, a pesar de que el propio Beethoven, todavía emocionado con el éxito de su Séptima sinfonía, la llamó “mi pequeña sinfonía en fa”.

En el otoño de 1812, Beethoven no andaba muy bien de salud, y para remediar el triste estado de su cuerpo se la pasó viajando entre un balneario y otro y visitando diversos centros de salud. Así, tomó las aguas en Karlsbad, en Franzensbrunn y en Töplitz, y fue durante esa gira curativa que inició la composición de su Octava sinfonía. Al parecer, las aguas termales no le hicieron ningún bien, por lo que Beethoven decidió ir a pasar una temporada a casa de su hermano Johann, que vivía en Linz. Esta idea puso a Beethoven en una situación que pronto se convirtió en una extraña y novelesca comedia de enredos. Al parecer, Johann rentaba parte de su casa a un médico que tenía una cuñada llamada Teresa Obermeyer. En un principio, Johann tomó a Teresa como ama de llaves y, más tarde, la hizo su amante. Dio la casualidad que Beethoven no aprobaba del carácter de la mujer en cuestión, y así se lo hizo saber a su hermano. Johann no hizo caso de las admoniciones del compositor y continuó su relación con Teresa. Sin embargo, Beethoven decidió meterse de lleno en la vida privada de su pobre hermano y denunció la pecaminosa relación ante el obispo de Linz y ante la policía misma. El escándalo fue tal que las autoridades de Linz decidieron expulsar de la ciudad a Teresa para salvaguardar la moral y las buenas costumbres, todo ello bajo la severa y vigilante mirada de Beethoven. Sin embargo, la expulsión de Teresa no prosperó porque Johann decidió casarse con ella, y el matrimonio tuvo lugar el 8 de noviembre de 1812. La historia dice, sin embargo, que el matrimonio de Johann Beethoven con Teresa Obermeyer fue un matrimonio infeliz y mal avenido, y el pobre hombre tuvo que soportarlo estoicamente durante largos años. Fue en medio de la problemática convivencia con su hermano (y mientras se entrometía en lo que no le importaba) que Beethoven concluyó su Octava sinfonía, que quedó terminada apenas cuatro meses después de la exitosa Séptima sinfonía. Respecto a la relación entre ambas obras, que han sido comparadas con frecuencia, el musicólogo inglés Donald Francis Tovey afirmó lo siguiente:

La Octava sinfonía de Beethoven refleja el sentimiento de poder que inspira a un hombre para una tarea delicada cuando acaba de triunfar en una tarea colosal.

Si en su Quinta sinfonía Beethoven había construido un gran edificio musical a partir del famoso motivo de cuatro notas, en la octava dio algunas pinceladas en el mismo sentido. El breve motivo de seis notas con que se inicia la Octava sinfonía (y que es la primera parte del tema principal de la obra) cierra de manera tranquila y optimista el primer movimiento, en una muestra del pensamiento musical cíclico que si bien Beethoven supo aplicar en ciertas ocasiones, fue más típico de compositores como Richard Wagner (1813-1883), Franz Liszt (1811-1886) y Héctor Berlioz (1803-1869). Respecto al segundo movimiento de la sinfonía hay una interesante anécdota. En el verano de ese mismo año de 1812 Beethoven asistió a una cena en la que uno de los invitados era Johann Nepomuk Maelzel, inventor del metrónomo. Después de la cena, Beethoven improvisó al piano un canon en honor de Maelzel y su invento, y de ese canon surgió la idea principal del Allegretto scherzando de la Octava sinfonía. Se dice que los dieciseisavos que caracterizan a este movimiento representan el rápido tic-tac del metrónomo de Maelzel.

La Octava sinfonía de Beethoven fue estrenada en la Redoutensaal de Viena en febrero de 1814, bajo la dirección del compositor. En ese concierto se interpretaron también fragmentos de la música incidental que Beethoven había compuesto para Las ruinas de Atenas, la Séptima sinfonía, y la Sinfonía de la batalla, conocida también como La victoria de Wellington o La batalla de Vitoria. Sobre la fresca y vigorosa Octava sinfonía, Richard Wagner afirmó:

No hay mayor franqueza, ni un poder más libre, que en la Séptima sinfonía. Es una loca explosión de energía sobrehumana sin otro objetivo que el placer de desatar esa energía como la de un río que desborda su cauce e invade el campo que le rodea. En la Octava sinfonía, el poder no es tan sublime, aunque siga siendo típico de Beethoven por cuanto combina la tragedia y la fuerza, y un vigor hercúleo, con los juegos y caprichos de un niño.

No deja de ser interesante recordar que, ante la fría recepción que el público vienés dedicó a su Octava sinfonía, Beethoven afirmó, en un arranque de excesivo orgullo, que la Octava era mejor que la Séptima. ¿Conservaría Beethoven esa opinión al cabo de los años?

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía No. 41 en do mayor, K. 551, Júpiter

Allegro vivace
Andante cantabile
Menuetto: Allegro
Finale: Allegro molto

Considerando el creciente interés de Mozart por la ópera en los últimos años de su vida, es probable que si se le preguntara al respecto diría que el acontecimiento más importante de su carrera en el año de 1788 había sido la primera representación en Viena de su ópera Don Giovanni. En el plano de las cuestiones personales, 1788 no fue un año generoso con Mozart. En el mes de junio, a la edad de seis meses, murió su hija Teresa, apenas dos años después de la muerte de otro de sus hijos, Johann Thomas Leopold. Al mismo tiempo, los problemas económicos de la familia Mozart se agravaban. Un año antes había muerto Leopold Mozart, y con él, la única mano más o menos firme que pudo haber guiado al joven Mozart en la temperancia y la buena administración. Así que, hacia el mes de junio de ese 1788, una fuerte desavenencia con el casero que insistía groseramente en cobrarle a Mozart la renta de su departamento, obligó a la familia a una más de sus muchas mudanzas. En esta ocasión se cambiaron a otra sección de Viena, a un pequeño y no muy cómodo departamento en la Währingerstrasse. De hecho, este cambio representaba para Mozart un súbito y doloroso descenso en la escala social. Sin embargo, el compositor no estaba dispuesto a aceptar de buen modo este nuevo revés, así que tomó las cosas con filosofía respecto a sus nuevas habitaciones, diciendo que en el departamento de la Währingerstrasse podía trabajar mejor ya que no recibía tantas visitas como antes, y que en primavera, verano y otoño la pasaba muy bien gracias al jardín que tenía al lado de su ventana. A pesar del optimismo no totalmente convincente de Mozart, la situación monetaria era verdaderamente grave y a partir de ese año de 1788 Mozart se vio obligado a pedir dinero para sobrevivir. La mayor parte de sus peticiones pecuniarias fueron dirigidas en una veintena de ocasiones, a través de otras tantas cartas, a Michael Puchberg, amigo de Mozart, masón como él y amante de la música. Una de esas cartas, fechada en junio de 1788, dice así:

Queridísimo hermano: tu auténtica amistad y fraterno amor me animan a pedirte un gran favor. Todavía te debo ocho ducados y no sólo por el momento no estoy en condiciones de pagártelos, sino que mi confianza en ti es tan grande que me atrevo a rogarte que me ayudes, sólo hasta la próxima semana (cuando empiezan mis conciertos en el Casino) con el préstamo de 100 florines. Para entonces, el dinero de las suscripciones estará seguro en mis manos y podré devolverte con toda facilidad 136 florines con mis más calurosas gracias.

Unos días después de enviar esta carta, y con los conciertos por suscripción a la vista, Mozart se dio a la tarea de componer tres obras que están entre sus creaciones más notables: sus tres últimas sinfonías. Estas sinfonías, las números 39, 40 y 41, fueron concebidas por Mozart como un ciclo unitario, y no deja de ser extraño que haya decidido componer sinfonías para sus conciertos por suscripción, dada su costumbre de producir conciertos para piano en tales ocasiones. El caso es que en el breve lapso de seis semanas Mozart terminó las tres sinfonías, fechando la partitura de la última, la número 41, el 10 de agosto de 1788. Resulta significativo el hecho de que, dada la continuidad sinfónica de Mozart a partir de 1764, año en que compuso la primera de sus sinfonías, cerrara su catálogo con la número 41 y dejara pasar los tres últimos años de su vida sin volver a abordar esta forma. Como en el caso de numerosas otras obras musicales, el nombre de Júpiter con el que hoy se conoce a la última sinfonía mozartiana no le fue dado a la obra por el compositor, sino por otra persona. En este caso, la historia registra que el nombre se debe al empresario Johann Peter Salomon, el mismo que promovió las exitosas visitas de Franz Joseph Haydn (1732-1809) a Londres.

Hasta nuestros días, la sinfonía Júpiter es considerada como una de las obras maestras indiscutibles del repertorio sinfónico, y con justificada razón. La amplitud de su diseño y la riqueza de su invención marcaron de hecho un punto culminante en el tratamiento clásico de la forma. Esta cima significó una cumbre desde la cual se precipitó vertiginosamente el desarrollo de la forma sinfónica en manos de Ludwig van Beethoven (1770-1827), sus contemporáneos y sus sucesores. Como dato más anecdótico que musicológico se menciona que el segundo tema del primer movimiento de la sinfonía Júpiter fue tomado por Mozart de otra obra suya, escrita en ese mismo año de 1788: una arietta titulada Un bacio di mano (‘Un beso en la mano’), compuesta para el bajo Francesco Albertarelli. Hasta la fecha parece seguir en disputa el hecho de que la sinfonía Júpiter haya sido ejecutada o no en vida de Mozart. Lo que sí es un hecho indiscutible es que sus tres últimas sinfonías no sirvieron para aliviar sus penurias económicas. Las regalías por conciertos, grabaciones, películas, libros y biografías llegarían, para Mozart como para tantos otros, demasiado tarde.