Intermezzo de El Mandarín
Durante alguna visita a casa de su abuela, el director de orquesta Rodrigo Elorduy recuerda haberse encontrado por primera vez con este Intermezzo a través del libro “100 biografías en la historia de la música” de Guillermo Orta Velázquez (Olimpo, 1970), de clásica portada con unas partituras sobre un fondo amarillo claro. Hojeando, leyó asombrado en las páginas 269 y 270 una cita del maestro Manuel M. Bermejo:
“Para mi modo de sentir, los tres trozos orquestales más bellos que se han escrito en México son: el Intermezzo de Atzimba de Ricardo Castro, el Andante para instrumentos de arco de Rafael J. Tello y el Intermezzo de ‘El Mandarín’ de José F. Vásquez”.
Esa descripción del pedagogo, libretista y compositor del Himno de la UNAM motivó el interés del director orquestal por investigar este fragmento perteneciente al drama lírico en un acto de 1923, estrenado un 3 de abril de 1927, obra del compositor nacido en Arandas, Jalisco, y autor de unas 200 obras, entre óperas, sinfonías, conciertos para piano y orquesta, violín y orquesta, poemas sinfónicos, lieder, cantatas, un réquiem, un ballet y abundante música de cámara. Con los años, descubriría mucho más.
No obstante, a casi un siglo de aquella representación teatral y tras la muerte del compositor hace más de 60 años, diversos inexplicables motivos llevaron a dispersar varias de las partituras que conformaban el catálogo de quien fuera director internacional de orquesta, académico y fundador de la OFUNAM y la Facultad de Música de la Universidad. En una batalla contra el olvido, con la búsqueda por 40 años de sus textos musicales, algunos fueron encontrados por José J. Vásquez, hijo del compositor, en bazares de la Lagunilla, en tianguis en Madrid y Buenos Aires y, otros más, se encontraron por una segunda ocasión con Rodrigo Elorduy, quien recibió el encargo de rescatar ese mismo fragmento para interpretarlo, nuevamente, por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México en 2022. Así lo relata.
“Ese Intermezzo lo rescaté porque estaba totalmente en un manuscrito, por algunos lugares ilegible. A través de un amigo, Ángel Ramírez, el hijo del compositor me hizo llegar unas fotos desde Barcelona del manuscrito original y lo empecé a trabajar, a digitalizarlo, a realizar el full score y todas las partes; de hecho, no había particellas, solo había un manuscrito del full y… ¡es una obra preciosa! ¡me encantó! Tuve la suerte de toparme con ella, de rescatarla, de hacer todas las particellas, la partitura del director e hice una edición de corazón”.
En este fragmento, “que no le pide nada a los grandes intermezzos de ópera y está a la altura de los de Mascagni, Puccini y Leoncavallo”, considera Elorduy, trabajó minuciosamente observando detalles en el manuscrito para descubrir notas rápidas y pequeñas en la cuerda en un pasaje mágico y basarse en un tema de corte dramático compuesto en do menor. “El Mandarín” forma parte de Triada exotista de su producción operística junto con “Citlali” y “El Rajáh”.
A partir de esa recuperación, Rodrigo Elorduy sigue trabajando en otras obras autoría de José F. Vásquez, como la Sinfonietta, de la que cuenta únicamente con las particellas, y unas canciones para soprano y cuerdas.
Su labor al frente de diversas agrupaciones orquestales se ha extendido a volver a dar vida a otras composiciones que parecían quedar perdidas, como Misa de réquiem de Arnulfo Miramontes (1882-1960); Sinfonía en fa menor de Aurelio Barrios y Morales (1880-1943) y obra para piano de Gustavo Morales.
“Me ha apasionado ese tema del rescate de obras mexicanas, que están en manuscrito o están olvidadas o están perdidas, me encanta encontrarlas y presentarlas en concierto (…) Lo más importante de rescatar una obra es que se toque, que se ejecute, y ese es el fin último”, concluye.
En el programa de este concierto volverá a interpretarse por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México para mantener en el repertorio a una de las composiciones recuperadas de quien fuera llamado “uno de los grandes fantasmas de la música mexicana” y conferirle el sitio privilegiado que merece el compositor.
