Sinfonía no. 2 en do menor, op. 29
Andante
Allegro
Andante
Tempestoso
Maestoso
Apenas habían pasado unos cuantos meses del estreno de su primera sinfonía en noviembre de 1900 en San Petersburgo, con sus característicos seis movimientos que incluían uno final con voces solistas y un coro cantando versos no incluidos finalmente en esa presentación y, por cierto, no tan buena acogida, cuando Scriabin no cejó en mostrar sus habilidades compositivas y regresó a la escritura musical para darse una nueva oportunidad de legar ideas no comprendidas hasta ese momento en la escuela rusa.
A diferencia de otros compositores que dejarían cierto tiempo de maduración entre la gestación de sus obras, o como el caso de su compañero de clase Sergei Rachmaninoff, quien atravesara una depresión por tres años causada por el desastroso estreno de su primera sinfonía en 1897, el moscovita no se desanimó con la severa crítica para esta segunda sinfonía de la que su profesor y compositor Antón Arensky (1861-1906) se refiriera despectivamente como “segunda cacofonía” meses después tras su presentación en Moscú.
Es sabido que por las ocupaciones propias de la enseñanza en el piano al integrarse al Conservatorio de Moscú en 1898, Scriabin se abocaría a la composición de su segunda sinfonía mientras se encontraba en el periodo vacacional en la capital del imperio ruso durante el verano de 1901. Originalmente, tenía la idea de iniciar en esta obra con partes vocales para que, de alguna manera, diera continuidad a su primera sinfonía. No obstante, sin saber si fuera falta de entera confianza u otra motivación, habría sido Mitrofan Beljajew, su editor y mecenas, quien lo aconsejó cambiar de parecer y le pidiera tampoco subiera al podio para dirigir la sinfonía, pues aún no contaba con la experiencia suficiente para tal encomienda.
Terminada la segunda sinfonía en noviembre de 1901, Sinfonía no. 2 en do menor, op. 29 recibió su estreno en San Petersburgo el 12 de enero de 1902 bajo la batuta de Anatol Liadov, mismo director encargado de presentar la versión “incompleta” de la primera sinfonía.
Los estudiosos han expuesto que a diferencia de la estructura convencional integrada por cuatro movimientos, esta segunda sinfonía consta de cinco de ellos, aunque si bien es cierto, los dos primeros y los dos últimos están vinculados sin interrupción debido a que el tema inicial más sombrío en el primero logra desarrollarse plenamente en el final del último. Se trata entonces de una idea cíclica que une al primero y último de los movimientos con un tema principal y solo el tercero, centro de la obra, se consideraría como material independiente. Siendo poco usual, cada movimiento está ambientado en una tonalidad diferente.
Scriabin retomaría lo que habría hecho Tchaikovski, el mismo Wagner con su Tristán e Isolda y apuntes del impresionismo francés, que lo alejaba de la tradición rusa, siendo puente entre el fin del romanticismo hacia la atonalidad, impregnando su música con un cariz más filosófico y místico.
Varios años después, comenzaría a valorarse la obra compositiva de Scriabin, probablemente por la publicación del minucioso estudio biográfico que hiciera el escritor estadounidense Faubion Bowers hacia finales de la década de los sesenta y, nuevamente, se interpretara al ruso en salas de conciertos, confiriéndole un lugar entre los compositores de la llamada Edad de Plata rusa.
