Preludio a la siesta de un fauno
Hacia las últimas décadas del siglo XIX e inicios del siglo XX, París estaba inmersa en la Belle Époque, uno de los periodos de transformación intelectual más ricos para la cultura y las artes que convertiría a la capital francesa en el epicentro de influencia global, terreno fértil para la creatividad y cuna de la vanguardia en la pintura, la literatura y, por supuesto, la música.
Podría decirse que Claude Debussy tomaba influencia, moldeaba sus ideas y se identificaba entre la estética del impresionismo pictórico y el simbolismo literario, manifestaciones que eran rechazadas por academicistas y cánones del romanticismo del momento debido a que no permitían que la estructura formal cediera el paso a mostrar estados anímicos, ambientes y colores. Y precisamente eso fue de lo más característico del compositor: rechazar las convenciones, enfatizar el sonido pintando con colores y apelar a las emociones con la experiencia.
Debussy retomó del impresionismo la recreación de atmósferas, así como la forma en que la luz y los colores afectaban en la mirada del espectador, prescindiendo de detalles y difuminando contornos, pero a través del lenguaje musical; del simbolismo, la experiencia emocional individual, lo imaginario, los relatos fantásticos y seres mitológicos, lo exótico de otras tierras y épocas y las metáforas. Sin embargo, al compositor le desagradaba que lo definieran como impresionista, adjetivo que sus críticos utilizaban para descalificarlo.
En esos años, eran comunes las reuniones amistosas en las que convivían artistas de la talla de Monet, Rodin, Valéry, Verlaine y Proust. Para esta obra, Debussy tomó como inspiración “La tarde del fauno” del poeta simbolista Stéphane Mallarmé, publicada en 1876, una compleja estructura de monólogo contado en primera persona por esta criatura mitad hombre, mitad cabra, en que despierta de una siesta en el bosque durante una tarde soleada y, sin precisar si fue un sueño o la realidad, intenta recordar un frustrado intento seductor de cortejo a una de las ninfas que pasaban por el lugar, aunque termina rendido por el calor y el cansancio.
Particularmente, los versos son libres y enfatizan el sonido de las palabras, más que en el sentido, su escritura responde a asociaciones más que en la lógica de las palabras y la narrativa.
La empresa para componer una gran pieza orquestal no pudo concretarse y quedó únicamente en un preludio de un solo movimiento que concluyera hacia 1894. En palabras del propio Debussy, no se trataba de hacer música para la narración de esa aparente historia, sino evocar las imágenes y sensaciones que el poema despierta con palabras.
“La música de este preludio es una ilustración libre del hermoso poema de Mallarmé. Por ningún motivo se pretende hacer una síntesis de este último. En vez, se trata de ilustrar la secuencia de escenas a través de las cuales sucedían los sueños y deseos del fauno en el calor de la tarde. Luego, cansado de perseguir el vuelo de las ninfas y las náyades, él sucumbe al sueño intoxicante, en donde puede lograr al fin su deseo de posesión de la naturaleza universal”.
Considerado como uno de los grandes poemas sinfónicos, Preludio a la siesta de un fauno fue estrenada en diciembre de 1894 por la Sociedad Nacional de Música de París bajo la dirección de Gustave Doret. El éxito y la fama alcanzada derivó en que años más tarde, en 1912, el bailarín y coreógrafo Vaslav Nijinsky creara una pieza para el Ballet Ruso del empresario Serguéi Diáguilev con el título “La siesta de un fauno”, no sin menos escándalo en su presentación ante el público por sus formas nada sugerentes y más explícitas de representar el onírico pasaje ante el disgusto del propio Debussy.
